“Once Were Warriors” (1994)

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Film dirigido por el Maorí Lee Tamahori es una historia de amor, orgullo, violencia y valores humanos sintetizados en un círculo familiar como una reflexión de un círculo social. La película, basada en el libro homónimo y controversial del también Maorí Alan Duff, comienza con una imagen rural paradisíaca  que de alguna manera representa la idílica Nueva Zelanda: Un bello lago rodeado de colinas serenas verdes y azules que pronto se desmitifican cuando la cámara se mueve y como espectadores descubrimos que era solamente una imagen publicitaria sobre un paisaje gris y negro producto de la sobre-industrialización y desmesurada urbanización. Esta confrontación de dos diferentes escenarios de la actual Nueva Zelanda, es  un perfecto prologo que resume lo que nos espera a lo largo de toda la película. El amor y la violencia que Jake (Temuera Morrison) y Beth (Rena Owen) expresan durante la película; el primero descendiente de esclavos y lleno de resentimiento y Beth proveniente de la casta más noble de la comunidad indígena Maorí, nos sumerge en temáticas universales como la dependencia al alcohol, drogas, marginalización y violencia doméstica, entre otras.

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Según Helen Martin y Sam Eduards, en su análisis del cine Neozelandés de 1912 a 1996,  “Once Were Warrios” se convierte en el primer filme local en rebasar los 6 millones de dólares en recaudación y liderar la lista de promoción ese año por encima del super hit comercial “Jurassic Park” de Steven Spielberg.

El trabajo de Tamahori en esta película es uno de los mejores ejemplos de cómo el cine funciona complementariamente en los dos niveles de comunicación atribuibles a una buena película: El entretenimiento (como una montaña rusa emocional) y una temática profunda presentada para su análisis (el nivel conceptual). Uno de los aspectos a resaltar de la película además del buen tratamiento en dirección, guión, fotografía y la fantástica actuación de todo el elenco, es  la atención a la banda sonora que rescata y promociona, de la mejor manera, la escena musical de la Nueva Zelanda ancestral y la actual a través de un sentimiento nacionalista envidiable. A su vez, la música nos sitúa en un contexto interior que nos conecta directamente con la realidad interna de los personajes.

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Dentro de la banda sonora sobresale el momento en el que los personajes de la familia cantan dentro del auto la canción What’s the Time, Mr Wolf? de la banda maorí Southside of Bombay, para ese entonces recientemente lanzada al aire.

Desde un punto de vista del circulo familiar metáfora de lo social, los hijos de la pareja son, en cada línea, subtramas sugeridas levemente por la película que nos permiten comenzar un conversatorio extenso donde se puede analizar la realidad social que oprime a las nuevas generaciones en los países en vías de desarrollo como los nuestros.

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Darwin Yaney Mendoza

Cineasta / Investigador / Curador Independiente de Arte

Cine de Animación japonesa más allá del horizonte Ghibli.

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Cuando pensamos en las obras de arte del Cine de Animación en su corriente Anime, siempre vendrán a nuestras mentes grandes obras maestras como: «El viaje de Chihiro», «La princesa Mononoke» y o «Nausica; la princesa del valle del viento», todas dirigidas por el extraordinario Hayao Miyazaki, que junto a su gran amigo Isao Takahata («La tumba de las luciérnagas»), a su hijo Goro Miyazaki («Cuentos de Terramar»), Hiromasa Yonebayashi («Cuando Marnie estuvo allí»), Yoshifumi Kondo («Susurros del corazón») y Tommi Mochizuki («Puedo escuchar el Mar») están creando un legado de incalculable valor en una cinematografía única y de la más alta calidad.

Sin embargo, Ghibli tiene su apartado y por supuesto, Hayao Miyazaki tiene un espacio especial en mis investigaciones y publicaciones.

Hoy quiero rendir homenaje a otro maestro de la animación: Satoshi Kon, el que nos dejó todo un cuerpo de películas, todas verdaderas obras de arte fuera del horizonte ghilbli.

Junto a él, encontraremos grandes directores como Makoto Shinkai («5 Centímetros por segundo», «El jardín de las palabras») y Mamoru Hosoda («Niños lobo», «El chico y la bestia») que son algunos directores que expanden nuestros límites hacia donde navegar en este mundo maravilloso del cine Anime.

Satoshi Kon, quien falleció repentinamente en 2010, no solo será recordado eternamente por su pasión por el Anime y por las técnicas de animación más puras sino porque su visión como director de cine en general, nos obliga a ver nuestra verdad más profunda desde las perspectivas más cercanas a nuestra sociedad actual y real.

«Perfect Blue», «Millenium Actress», «Paranoia Agent», «Paprika», así como «Tokio Godfathers» nos hablan de las complejidades de como nos miramos como seres humanos, y lo dificil que nos es, sobrepasar con nuestra mirada los límites de género y ubicación social. Por este acercamiento desde el realismo, que no se interesa por las apariencias ni por las situaciones sino por las tonalidades del espíritu combinado a una comprometida y compleja técnica cinematográfica, Kon merece todos los honores y cuanto reiterado homenaje se le pueda dar. Su obra, es un fuerte escalón en la historia del cine universal que demuestra que en la era digital que nos ha tocado vivir, las obras de arte parten del corazón y la dedicación de los seres humanos más sensibles.

«Tokyo Godfathers» de 2003, co-dirigida por Shogo Furuya, además de ser un homenaje al cine (“Three Godfathers” en 1948 de John Ford, que a su vez es también un re-made de “Three Godfathers” filmada en 1936), es una de las más impactantes y honestas películas de este siglo. Impactante, porque saca a la luz de manera descarnada estigmas urbanos deshumanizados, que intoxican lastimosamente tanto nuestras calles como nuestros espíritus, y honesta, porque refleja los contrapuntos a estos estigmas sociales en un concepto de familia plenamente funcional, sin prejuicios y con mucha capacidad de amar.

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Darwin Yaney Mendoza

Cineasta / Investigador / Curador Independiente de Arte